María lee:
“Que trata del lugar donde nació
Oliver Twist y de las circunstancias que ocurrieron en su nacimiento”. Entre
los varios edificios públicos de cierta ciudad, que por muchas razones será
prudente que me abstenga de citar, y a la que no he de asignar ningún nombre
ficticio….”
María nos lee despacio esta
historia como si fuera la primera vez. Sin embargo, no lo es. Desde que estoy
aquí la he escuchado un centenar de veces. Pero nunca me aburre. Cada vez que
comienza siento que la vida me está dando otra oportunidad.
Soy Merche y estoy en la cárcel
de Ventas desde hace un año. Vivo en una celda con otras once mujeres. ¿Mi
delito?, ni siquiera lo sé. Los que me juzgaron dijeron que era un peligro para
el estado por ser una activista roja. Puede ser que los cuentos que escribía, y que alguna vez me publicaron, abogaran por
la igualdad entre hombres y mujeres y por el derecho de éstas últimas a formar
parte de la sociedad. Ideas peligrosas y revolucionarias. Eso dijeron. Desde
entonces, y tras diez días en Gobernación, espero mi ejecución acompañada de la
miseria, el hambre, las vejaciones y los gritos de desesperación que suben por
el corredor, día tras día y noche tras noche. Laura, la más jovencita, tiembla y llora. Sólo tiene 16 años y su
pecado fue enamorarse de un militante comunista. Él está desaparecido y ella
muerta entre estas cuatro paredes. Fue violada por los guardias que la
custodiaban, sometida a baños de agua fría y golpeada sin piedad. Apenas habla
y, únicamente sonríe, cuando escucha las aventuras de Oliver Twist. Hemos
tenido suerte de contar con este libro. Su magia nos transforma una a una. Nuestros ojos se miran y comprenden. Lola
siente que su neumonía no la ahoga; Puri olvida que dentro de unos meses parirá
a una criatura que no verá crecer; Manuela mueve sus piernas muertas; Toñi no
se queja de su mala suerte y, el resto, las más ancianas, descubren mundos que
no conocían. Sospecho que la que más disfruta es nuestra lectora. Cuando
abre el libro, revive sus años de profesora enseñando a niños sedientos de
conocimientos.
La lectura se detiene tres veces
al día cuando, en formación, tenemos que salir al corredor para cantar los tres
himnos del movimiento, con la mano derecha en alto, saludando a un sol
escondido. Al principio, nos negábamos pero, ahora, por supervivencia y
desamparo gritamos con fuerza palabras lejanas a nosotras. Cuando terminamos,
volvemos a nuestras celdas, nos apretamos unas contra otras para combatir el
frío y volvemos a poner la atención en el personaje que nos evade de nuestra
triste realidad.
María lee:
“Cuando a la mañana siguiente,
despértose Oliver, quedó harto
sorprendido al ver que junto a su cabecera habían colocado un par de zapatos
nuevos, de gruesas suelas, y que los viejos habían desaparecido”…
María se interrumpe. La cadencia
de los pasos de las carceleras nos aterran; su eco transmite crueldad, dolor,
sufrimiento. El final.
María, temblorosa prosigue la
narración:
“-Hace una hermosa noche,
caballero, aunque algo fresca para esta época del año –dijo Fagin, frotándose
las manos-. Venís del campo, según veo, señor”
María enmudece.
El sonido del
terror se ha plantado delante de nuestra celda. Las llaves anuncian la
despedida.
-¡Purificación Renedo!...-levántate-
Todas nos ponemos en pie. No
hacen falta palabras. Nuestros ojos lloran sin lágrimas. Su adiós es el
nuestro. Puri tiembla y se abraza el vientre.
-¿Cómo son tan crueles? ¡ No
dejarán que mi hijo nazca!. Morirá sin ver la luz del sol.
-Déjate de lamentos, ¿quieres
darte prisa?
Puri sale sin mirar atrás. De
repente, se detiene y grita: prosigue María…
María lee:
“En esta tumba no hay ataúd, y
quiera Dios que pasen, pasen, muchos, muchos años, sin que otro nombre venga a
colocarse sobre ella”
Los días pasan con terrible
monotonía. Terrible desolación pero un día se escucha movimiento en el
corredor. Rumores, murmullos, risas…Sonidos ajenos, sonidos dormidos que se
despiertan de golpe. Palabras que se agolpan, palabras que vuelan…libertad, perdón, vida. El generalísimo quería celebrar
el segundo año de su victoria promulgando una amnistía que alcanzaba a muchos
condenados con penas inferiores a doces años. Muchas abandonarán este
sufrimiento cautivo. De nuestra celda, Laura, nuestra niña, nos dejará llena de
heridas en el alma pero repleta de ilusión. Espera impaciente. Las llaves abren
su libertad. Sonriéndonos, se despide de cada una de nosotras y, cuando llega a
María la espeta: sigue leyendo
Y María lee:
“El destino de aquellos que han
figurado en la presente historia casi toca a su fin. Lo poco que a su
historiador le queda por narrar cuéntase en pocas sencillas palabras”.