lunes, 13 de mayo de 2013

DESPEDIDA


Llovía. Primavera en Junio. Los árboles componían música con el susurro del viento entre sus hojas. Interpretaban el vals de la tormenta. Mis ojos eran los espectadores de su representación. La tierra comenzó a emanar olores húmedos que mi olfato inspiraba para guardarlos en la memoria. La naturaleza me estaba dando este último homenaje. Me estaba muriendo...
Mis últimas palabras fueron para mi hijo:
-Javier, acuérdate de mí cuando veas el mar. Zambúllete en sus aguas y sentirás mi abrazo.
No tuve fuerzas para más. Inicié un viaje de silencio y luz que me ha llevado hasta aquí. ¿Dónde?, no lo sé. Sigo viendo lo que hay a mi alrededor. Incluso, me asusto cuando creo reconocer mi cuerpo inerte en una cama y, alrededor, gente llorando. Grito pero no me oyen. Deambulo por la habitación del hospital, mientras las enfermeras toquetean mi cuerpo y lo colocan en una postura imposible. No sé que hacer...Reflexiono acerca de la situación en la que me encuentro. Quizás sea verdad que el alma sigue viva para siempre, o cabe la posibilidad que continúe en este estado de ingravidez durante unos minutos más. La ansiedad se está apoderando de mí. Si esto es la muerte es peor de lo que suponía. Seguir viva sin estar viva; estar muerta sin estar muerta. Siempre intuí, no, rectifico, estaba segura que era volver al silencio negro en el que me encontraba antes de nacer. Craso error ¿o no?  En vida fui la impaciencia personificada y en este estado, llamémoslo espiritual, no puedo seguir esa tónica. ¿Qué hago? ¡Dios, no lo sé! Intento tranquilizarme. Sigo reflexionando y llego a la conclusión que me encuentro en un estado de transición. Paulatinamente, me iré apagando como una vela y, será entonces, cuando todo será como esperaba. ¡Mira que soy! ¡Hasta esta situación intento tenerla controlada y planificada! Debería dejarme llevar por los acontecimientos. Podría aprovechar esta situación para sentirme libre, sin ataduras y dejar que fluyan los acontecimientos. ¡Sí, eso voy a hacer! Observaré. Me uniré a mi velatorio y acompañaré a los míos.
Los primeros instantes después del fallecimiento de un familiar nunca me han gustado. El desaliento, la tristeza y la confusión acampan a sus anchas. Nunca he disfrutado con el sufrimiento ajeno y esta vez no iba a ser menos, por lo que decidí no estar con mi familia. Quería pasear por la vida, vibrar de libertad ante el nuevo espectáculo que se presentaba ante mí. Parece increíble pero estaba hilarante de felicidad. Me  movía con tal facilidad y agilidad que la velocidad se convirtió en un arma estupenda para descubrir un mundo que no había sabido ver cuando formaba parte de él.
Las horas pasaron y el momento trascendente de la despedida se acercaba. Sin miedo debería encararme con las lágrimas y dolor ajeno. Entré en la sala nº 17  del tanatorio. Mi nombre estaba puesto en la entrada.  Eché un vistazo rápido y sentí un gran alivio al descubrir que no había flores y que una ligera música sonaba inundando todo de paz. Me enfrenté a mi propia imagen metida en el ataúd. No tenía mal aspecto. Un poco pálida, claro está, pero como siempre lo he sido, apenas notaba la diferencia. La enfermedad no había conseguido deteriorarme en exceso. No era yo la única que me observaba. También lo hacían mis padres, mi hermana, mi cuñado, mi hijo y mi pareja. Todos tenían pegadas sus caras al cristal. Siento su amor.
Me duelen sus lágrimas. Siento rabia por este último y eterno sufrimiento que he causado a mis padres. Mi hermana soportará con estoicismo su penar. Mi cuñado la mimará. Mi pareja me recordará con una sonrisa tal y como me prometió  y mi hijo seguirá viviendo, luchando y construyendo su vida. Me reconforta su fortaleza. Doy un beso y un abrazo a cada uno de ellos. Creo que lo perciben porque en su mirada se ha reflejado una interrogación de alegría.
Comienza a entrar gente. Personas que han formado parte de mi vida y de las de mis seres queridos. Todos ofrecen consuelo, solidaridad, abrazos.  No debería sentir dolor y una presión en el pecho me obliga a sentarme en un rincón de la sala. Las sorpresas tienen estos efectos. He descubierto entre los dolientes a una impresentable que me clavó varias puñaladas traperas y ahora está aquí interpretando una pena absurda. ¡Cuánta hipocresía!  Más vale que esa empatía de la que ahora hace gala la hubiera demostrado conmigo cuando tuvo la oportunidad de hacerlo. Lo mismo sucede con el borrego de mi tío. Sus remordimientos deberían matarle. ¿Lloras? ¿Por qué? Eres patético. Me destrozaste por dentro. Me hiciste sentir como una mierda y esa misma es la que ahora debería asfixiarte. Sin embargo, estás ahí recibiendo el pésame de todo el mundo. Nadie sabe el veneno que esconden tus lágrimas. Tu mediocridad no me conmueve.
¡Bah!, no vale la pena seguir sufriendo. Al fin y al cabo, ¿qué importa ya?  
De nuevo, vuelve la presión al pecho. Están entrando mis compañeros de trabajo y, entre ellos, él. Tiene mala cara. Bueno, al fin y al cabo he sido su amiga. Al final, no me dijo lo que realmente sintió por mí hace tanto tiempo. El miedo le ha superado. No se atreve a ver mi imagen eternamente dormida.  Apenas habla y se sienta al lado de mi hijo. Intercambian unas cuantas palabras. Mira al suelo, ¿ qué estará  pensando?.Me dirijo hacía él y me siento a su lado. Le tomo las manos. No percibe nada. Sólo levanta la mirada y, por fin, decide verme por última vez. Da un apretón de manos a todos los míos y se va. Se aleja.
Esto está resultando muy duro. Me entristezco al percibir que mi pareja está ausente. No sonríe. Sólo mira a mi cuerpo encerrado tras el cristal. Mi chico. Un hombre bueno que me ha hecho feliz. Debería sentirse orgulloso. Debería saber que su presencia me iluminó.
¡Cuánto silencio roto por hipidos y pesadumbre!
No puedo más. Voy a salir a la calle. Necesito ver el sol. Escuchar el sonido de la monotonía de la vida. Mirar. Sin embargo, no me gusta el paisaje que se presenta ante mí. Todo está lleno de salas como la mía; llenas de  vida y muerte.  Me pregunto si habrá más fantasmas deambulando como lo estoy haciendo yo. ¿He dicho fantasma? No, no, no puede ser. Me rebelo. No quiero estar eternamente así. Siento un ahogo tremendo. Me asfixio. Quiero llorar pero las lágrimas no salen. Necesito gritar pero mi voz es muda. Quiero meterme dentro de mi cuerpo para disfrutar de su paz. ¿Por qué me está pasando esto? Repito convulsivamente palabras sin sentido. La locura se ha introducido dentro de mi invisibilidad.
La soledad es un agujero negro que me ha absorbido y me ha transformado en nada. Una nada llena de tristeza. No puedo más
 
El tiempo fuera de mí transcurre como siempre. Gente contando anécdotas, rememorando historias compartidas con la persona muerta y deseando que ésta les espere muchos años. Antes, estaba con ellos, diciendo lo mismo y ahora no sé ni dónde estoy.
La noche ha llegado para ellos.Vuelvo a la sala donde se encuentra mi presencia visible. Hay mucha gente aún.
La madrugada es silenciosa. El sueño busca un lugar entre los que allí se han quedado para acompañarme. A primera hora de la mañana será al traslado al crematorio. Es mi última esperanza. Supongo que será ese el momento para mi desaparición total. Lo deseo. He intentado dormir pero no he podido.  Soy absurda. Todavía no me he hecho a la idea que nunca más cerraré los ojos y soñaré con abstracciones triangulares.
Ha llegado el momento esperado.Comienzan los preparativos para la partida. Los momentos más tensos. Llaman a mi gente para darme un beso antes de cerrar el ataúd. ¿Qué sentido tiene que pueda ver esto?  Ni siquiera siento dolor, sólo una terrible presión en el pecho que cada vez se hace más intensa. ¿Por qué?
El viaje comienza. Subo en el coche con mi cuerpo. Hoy el día ha amanecido soleado, caluroso. El cielo es azul y se mezcla con el verde de las copas de los árboles. Un escenario de despedida esperpéntico adornado por la maravilla de la naturaleza.
Intuyo que estamos llegando porque el coche aminora su velocidad para dar paso a la hilera de vehículos negros que me seguían. La gente se arremolina alrededor del ataúd. Lo llevan sobre los hombros hasta un estrado. La señorita funcionaria acostumbrada a la monotonía de su trabajo pide fríamente un minuto de silencio.
Silencio, silencio…ha llegado el fin.
Las puertas se cierran y tras ellas queda mi cuerpo que se desliza por una cinta hasta el horno que me reducirá a cenizas. Buena señal. Siento calor. Me alegro porque este calvario mío ya va a acabar. Las llamas se van aproximando. La presión en el pecho está desapareciendo…me desvanezco…apenas veo…apenas.
Abro los ojos. Giro la cabeza. Mi pareja duerme profundamente a mi lado. El perro, encima de mi pecho, mueve el rabo contento al notar mi despertar.
Se escucha el repiquetear de las gotas de lluvia tras el cristal.
¿Estoy viva?.

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