jueves, 16 de mayo de 2013

FRUSTRACION


No tengo ganas de escribir. Todas mis ilusiones se han desmoronado. No era esto para lo que yo me había preparado durante tantos años.  ¿Para qué me inculcaron en la facultad la importancia de ser objetivo, veraz, valiente? Palabras que carecen, ahora mismo, de todo sentido para mí.  Nada es lo que parece. En este momento, sé lo que significa que al periodismo se le denomine el cuarto poder. Las palabras pueden dirigir, dominar, coaccionar, chantajear, amedrentar a una sociedad que cree ciegamente en lo que escucha y lee. Me he dado cuenta que todo es una gran mentira. Llevo viviendo en ella desde hace dos años pero ya no puedo más. Cada día me resulta más difícil mirarme al espejo sin dejar de ver al farsante en el que me he convertido.
Al principio, emocionado como estaba con mi trabajo en el periódico, no percibía esos pequeños detalles de censura que me iban imponiendo. Tenía que seguir la línea editorial del medio que me había contratado. Había temas tabús: el aborto, la homosexualidad, la pederastia.
-Mateo, me decían mis compañeros, no estás mintiendo, simplemente no estás hablando de ello. No hay que dar pábulo a esos temas.
Sin embargo, inopinadamente, todo esto se iba convirtiendo en una gran bola de nieve. Lo que ayer era una omisión, otro día se convertía en una noticia tergiversada, una ficción en la que no había un ápice de verdad. Mis dudas iban en aumento. ¿Realmente era periodista o un simple autómata al que le dictaban lo que tenía que escribir?
Mi frustración llegó cuando tuve en mis manos una información privilegiada que involucraba a un alto cargo del partido que, en ese momento  gobernaba, en un caso  de corrupción. Pletórico se lo enseñé a mi jefe de redacción. Mi sorpresa fue mayúscula cuando después de haber leído la documentación me espetó:
-¿tú de qué vas? ¿ cómo se te ha ocurrido que íbamos a publicar esa información? Este hombre es uno de nuestros mayores accionistas.
- Lo será, pero también es un delincuente.
- Muchacho, ya aprenderás, no puedes morder la mano que te da de comer, me dijo sonriendo con benevolencia.
No daba crédito a lo que escuchaba. Se dejaba de lado el periodismo por el negocio. Recogí los papeles con desgana y me dirigí a mi mesa despotricando contra todos y observando con ironía la frase que presidía la redacción: “la verdad os hará libres”. ¿Verdad? ¿Libres?
Meses después, otro medio de comunicación, radicalmente opuesto al mío, publicó toda esa información que había caído en mis manos. Obviamente, lo hizo porque eso beneficiaba a su línea editorial, no por profesionalidad. Lo tenía muy claro y por eso fui yo quién les pasé prácticamente toda mi primicia a ellos. Nuestro periódico se convirtió en el mayor abogado defensor del corrupto y yo era el instrumento que mi jefe de redacción  había elegido para llevar a cabo ese trabajo.  Tecleaba en el ordenador historias que me inventaba, historias inconcebibles propias de una novela negra. Mentiras, mentiras y más mentiras.  Ni siquiera me repasaban los artículos. Me había convertido en su acólito fiel. Pero, un día dejé de serlo y escribí la verdad y aporté más pruebas que determinaban la culpabilidad del  corrupto al que había estado defendiendo. Las consecuencias no se hicieron esperar: me difamaron, me demandaron y, por supuesto, me echaron del periódico.
Los medios de la competencia, como buitres, quisieron contratar mis servicios. Para ellos, yo me había convertido en un héroe.
No podía más y tomé una decisión: abandonaría la profesión que tanto me había fascinado desde que era pequeño. El periodismo ha muerto para mí pero yo, al fin y al cabo, he conseguido sobrevivir. Finalmente, la verdad me ha hecho libre.

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